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Es la tuya, la mía. Es nuestra querida Plaza de Alderetes

Es ese vergel abierto para el regocijo gratuito de relajo cotidiano que también es un emblema histórico.

 

Hasta los indiferentes y desapegados con nuestro terruño deberán reconocerla como un paseo tradicional y un obligado lugar de encuentro.

La plaza es un testigo viviente de grandes sucesos y del empeño y sudor de los placeros que se fueron sucediendo.

Es un frondoso cielo raso con el arrullo de su follaje, cuando el viento se acelera en la intemperie de su calma y silencio.

En la mayoría de los casos es el reducto predilecto a la salida de misa y el refugio ideal de amoríos y apasionadas traiciones.

Es que sí, la plaza sabe de encuentros y desencuentros, de amores adolescentes que ya escogieron sus distinguidas zonas más aptas, para esconder fiebres pasionales.

El centro de la  plaza también es el sitio predilecto para la ceremonia protocolar, vibrantes espectáculos y los  actos escolares.

Siempre se destacó por ser el Hábitat de las lechuzas, que asustan a distraídos peatones noctámbulos o interrumpen esos fogosos  besos de juveniles noviazgos.

Es un auténtico paraíso forestal, que comenzó cercado por alambre, quizás para conservar el encanto de su paisaje  boscoso con estanque.

Es ése acogedor espacio con arboleda, césped, aire fresco, apacible vuelo de aves, colorido trajinar de celestinos y pechos anaranjados, con el voluminoso trinar de pajarillos y serenidad campesina.

Mi plaza es patrimonio urbano y motivo de orgullo para la identidad alderetense, también es el alegre canto de zorzales, quetupíes y del vuelo rasante de halcones que irrumpen ágiles y presurosos, por débiles presas o acaso, de comadrejas que suben a los árboles para deleitarse con sabrosos huevos, que chingolitas y palomas depositan en innumerables y cálidos niditos, esparcidos en toda su extensión.

Mi plaza también es palo borracho con blanquecinos capullos de algodón  y horneros.

Nuestra plaza también es ése reflejo vegetal de ‘tatetí’ que por el Sur y el Oeste enamoraba, por el Este conducía al altar  y por el Norte, al Juzgado para el casamiento civil de los amorosos inquilinos de ‘la plaza del amor’. Es que sí, porque generación, tras generación, casi todos pudimos consolidar nuestros sentimientos en algún sector de la emblemática Plaza 24 de Septiembre, hasta escuchar la marcha nupcial.

Es que sí, ella fue y será tan generosa, que siempre reservó un lugar para confesar nuestros más puros sentimientos.

Por ratos alteró su placidez, cuando fue testigo de pavorosas escapadas de toros, que desde la estación irrumpían a toda velocidad por sus calles circundantes.

Ella también presenció -en forma imperturbable- aquellas añejas celebraciones de políticos victoriosos.

Mi plaza también es, campanadas de reyes, pascua y nochebuena

Es bullicio de feligreses que fueron y volvieron de convivencias, retiros y procesiones. También fue algarabía por uno que otro campeonato que lograban nuestros deportistas.

Mi plaza es y será reposo de corsos y carnavales, como seguirá siendo reducto selecto para esos cálidos y divertidos recreos de estudiantes en vacaciones y el tácito lugar del “Te espero a la salida “.

Fue maratón, carrera de karting, como fue el sándwich de Isaac en sus bancos y ojalá, siga siendo bicicleteada y la dulce espera de madres y padres, hasta que salgan de clase sus hijos del Colegio y de la Fray.

Es juntada en el viejo mástil, vuelo de picaflor y florido anuncio de primavera.

Cómo olvidar aquellos paseos de domingos, en que solo importaba ver y hablar con tu media naranja…

Porque fue y será la cita y la espera con cosquillas en la panz.

Y es que sí. Obvio! que ella siempre ha sido como un tierno patio, en el que nos dimos ése ansiado primer beso.

Como también sigue siendo el escenario, donde sobraron ruegos,  rechazos, adioses y lágrimas.

Ay!!! Si hablara la plaza…

Y cómo olvidar esos luminosos destellos de los fuegos artificiales que instalaban en los troncos de los árboles y esas vibrantes noches de boxeo y guantazos juveniles.

Sí, lo reconozco, ya es historia la escapada a la sanguchería de Cucha Mota, como lo son los Actos cívico-militares de antaño.

Nunca, tanto como ahora, fue tan ansiada la llegada de los niños y sus familias, para disfrutar y divertirse en los modernos juegos.

Y sí, es que sí, así es como nuestra amada plaza, como paraje de comunión entre la naturaleza, con muchos encuentros y actividades comunitarias, mantiene viva su magia y también recrea la bohemia de hazañas y escándalos, de épocas pasadas.

Y así, como sabemos que todo cambia y se transforma, nuestra plaza va desdibujando el ‘tatetí’ de su paseo, para ampliar su confortabilidad, con la traza de caminos y pérgolas, bajo cuyos enrejados, en vez de entretejerse  enredaderas, solo se enredaron adolescentes con besos, abrazos y caricias.

Y ahorita sigue desdibujándose, con el diseño de un nuevo espacio de encuentro familiar, en el sector de juegos infantiles. Bienvenido sea el progreso…

Así es mi plaza de Alderetes, una linda cuna anaranjada para los vecinos albeadores, cuando se tiñe de ámbar con los primeros rayos de sol. Y es la que se torna intrigante, cuando la rocía una llovizna por las siestas, pero más que nada es alegre, cuando la visitan los estudiantes.

Qué bonita es mi plaza en sus atardeceres primaverales y qué cautivante llega a ser,  cuando la luna recorre por su arboleda y parpadea en las caras, manos y sonrisas de sus visitantes nocturnos.

Ya no quedan dudas, que el simple hecho de visitarla cada madrugada, es una experiencia deliciosa que tiene aire de festival y huele como en sus primeros años de vida, cuando escuchaba el traqueteo de carretas cañeras y carboneras o asustaba el familiar…

Y a pesar del tiempo transcurrido, en el que presidió nuestro devenir, ella sigue imperturbable y ostenta ser el centro vegetal, de una comunidad que progresa,  pero que mantiene intacta su estirpe pueblerina del  1.800, cuando empezó a reproducir y multiplicar el caserío a su alrededor.

Esta es la misma plaza que nació hermanada con ‘La gota y la copa de leche’. Es parte del alma de la pachamama, que alimenta las raíces de sus vigorosas plantas  con su generosa humedad y mineral.

Y sí, ella es la compañera que te entiende, la amiga que escucha tus aflicciones, la novia que te abraza con su vibrante encanto, la madre que en cada primavera te incita a encender nuevos sueños en tu mente, un nuevo amor en tu corazón y nuevos resplandores a tu existencia, para que irradies nuevos entusiasmos, que ayuden a mejorarnos como comunidad y para hacer más constructiva nuestra convivencia.

Es curioso, pero ella honra las añejas memorias de un pueblo  rural, que fue mezclando su cultura primitiva y campesina, en mixtura con los hábitos de los notables y entrañables inmigrantes, que un día visitaron nuestra tierra y la escogieron para trabajarla, darle vida y un mejor porvenir.

Tal vez no sea la única, pero el disfrute que produce al visitarla, es una vivencia reservada a seres privilegiados.

Gracias Dios, por compartir con mi existir, a este corazón verde y palpitante, de la tierra linda en que nací/Jack Raulingo